Se les acabó la cama tibia… lo que Alito Moreno acaba de soltar sacude hasta los cimientos
Alito Moreno advierte que México corre riesgo de caer en una “narcodictadura terrorista y comunista”, acusa pactos con el crimen organizado y llama a defender la democracia.
Alejandro “Alito” Moreno, presidente nacional del PRI, ha llevado su voz de oposición a un nivel hasta ahora poco transitado por otros actores políticos: lo acusó directamente en medios internacionales de que el actual gobierno mexicano, liderado por Morena, ha instaurado una “narcodictadura terrorista y comunista”. Lo hizo en una entrevista para Fox News, donde sostiene que no solo existen señales preocupantes de autoritarismo, sino que se han roto los mecanismos básicos de democracia, por la vía de pactos con el crimen organizado, censura política, y un deterioro sostenido del tejido institucional que ha permitido que el temor y la opresión silenciosa crezcan en millones de mexicanos. El uso de términos tan fuertes evidencia que Moreno está dispuesto a no solo criticar, sino a advertir claramente de lo que, en su diagnóstico, se está viviendo ya en el país.
El dirigente priista no se queda en las palabras retóricas: el peso de sus acusaciones radica en datos que él mismo cita para dar respaldo a su narrativa. Alito Moreno afirma que hay más de 230 mil homicidios, más de 120 mil personas desaparecidas, y que “en más del 60% del territorio mexicano no se puede transitar por la presencia de los cárteles de la droga”. Estos números, si bien han sido parte de reportes previos de distintas organizaciones civiles, aparecen ahora en el discurso de un líder político que los coloca como parte de un argumento mayor: que el gobierno no solamente ha fallado, sino que ha permitido —o cooptado— estructuras criminales y faltas graves a la ley, para consolidar su poder. Su llamado es claro: defender la democracia, impedir que México “se convierta en Venezuela”, dice, lo que eleva la discusión de lo institucional a lo geopolítico, lo simbólico, lo existencial.
Este tipo de declaraciones tienen consecuencias prácticas inmediatas: movilizan apoyos, polarizan el debate, provocan reacciones oficiales o mediáticas, y obligan a que otros actores políticos y sociales definan su postura. Para muchos ciudadanos, escuchar a alguien como Alito Moreno decir lo que muchos piensan, pero pocos se atreven a pronunciar en voz alta, representa una bocanada de aire: alguien que no suaviza, que no se queda con lo políticamente correcto sino con lo que considera urgente exponer. Por otro lado, a quienes gobiernan les deja un espacio incómodo, pues no basta con desmentir; deben enfrentar los señalamientos con hechos, transparencia, rendición de cuentas. Este punto —el de exigir resultados ante acusaciones graves— es lo que puede diferenciar el discurso del voluntarismo, o de la simple demagogia.
Finalmente, lo que revela esta escalada discursiva de Moreno es algo mucho más profundo: la crisis de credibilidad institucional en México. Cuando un líder político califica al régimen de instaurar una narcotortura (o narcodictadura), no está solo denunciando lo inmediato, sino exigiendo una reflexión colectiva sobre cuáles son los límites que la sociedad tolerará. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar libertades en nombre de una falsa paz? ¿Cuándo dejaremos que el miedo, la impunidad y la violencia marquen lo que puede o no puede hacerse? Alito Moreno parece jugar a no retroceder ante esas preguntas. Y en ese sentido, aunque su mensaje polariza, tiene mérito en impulsar al país a mirar de frente lo que, para muchos, ya no puede seguir siendo tolerado: un sistema donde el crimen y la política se abrazan, donde la democracia se tambalea, y donde hacerlo visible puede ser el primer paso para recuperarla.
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